Pequeños escalofríos recorren mi piel cuando el día esta frío y con tantas nubes que no dejan pasar los rayos de luz por mi ventana. En esos días de frío que esta todo el cielo nublado solamente me apetece hacer una cosa, estar entre mis sabanas resguardado del frío, mientras que, con los ojos cerrados, pienso y comienzo a imaginar todo aquello que no puedo hacer en la realidad, bien porque necesita algo más de tiempo, como pensar en mi propia casa, con mi familia, o bien porque no es realmente posible como el ser un pequeño pájaro que vuela libre sintiendo el viento en sus alas, es decir, es sinónimo de sentir libertad de poder ir donde quieras.
Sin embargo, hay algo que jamás se va de mi mente y que los días nublados cobra más fuerza, es una figura que me inspira, es una musa que sin necesidad de que salga el sol o no, haya nubes o no, me alumbra en cada momento. Cuando llego a ese pensamiento, mi imaginación se detiene, ya mi mente me hace pensar de forma obligada en ella, esa imagen que tiene una sonrisa que aparece en mis sueños más profundos.
Y es que hay imágenes, momentos que se quedan grabados en la mente, y aparecen en esos días que, posiblemente, estén hechos para recordar, momentos especiales que de una forma u otra nos grabaron para la eternidad. Todo el mundo tenemos eso que nos marcó y que es capaz de descentrarnos si estamos haciendo alguna cosa, y...por mucho que intentemos centrarnos no es posible dejar de pensar en ello.
Para mí, así son los días nublados, es por eso por lo que adoro los días así, porque no tengo distracciones para tener ilusiones, que creo que algunas personas están a falta de ilusión; esos días puedo soñar, que también hace falta, pero sobre todo, puedo idealizar lo que quiero y ver lo que realmente tengo a mi al rededor, es el momento en el que me doy cuenta de el gran tesoro que tengo, y creerme...todos tenemos un tesoro que no podemos apreciar a menos que pensemos detenidamente.